Daniel
Vinay
eloncetitular de una pasión
Déjate transformar por este viaje llamado vida
Este libro es de un sueño cumplido que la realidad puso en su debido lugar tras 120 partidos mundialistas en once Copas del Mundo.
Hablo de la pasión del futbol con vida; de terquedad por amar algo que no te corresponde; de la frustración, la soledad y la esperanza de que algo debería cambiar; de crecer, de aceptar los límites y de comprender que hay sueños que cambian de forma, pero no de intensidad. Es la confesión de un niño, HOY adulto, que nunca debutó profesionalmente, pero encontró cada 4 años} un Mundial para reconciliarse con la vida y el futbol. Al final, la pregunta es clara: ¿Por qué nace una pasión?
© 2021
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Daniel Vinay
Nací en la Ciudad de México el 20 de febrero de 1965; desde los cuatro años, eterno enamorado del futbol, de padres muy exigentes pero protectores. Tuve la oportunidad, por el negocio de mi padre, de estudiar en excelentes instituciones privadas; realmente nunca me faltó nada. Diseñador gráfico que se dedicó a representar en México a empresas de Estados Unidos en la industria del empaque y embalaje. Nunca tuvo la oportunidad de dirigir la empresa familiar. Padre de un excelente hijo, que se alejó de él a los tres años, pero que siempre cumplió con su manutención y convivencia. Mal esposo, pero enamorado de las mujeres. Apasionado de las Chivas Rayadas del Guadalajara por su madre y de la herencia francesa de su padre. Hoy, desenamorado de la Selección Mexicana de futbol.
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eloncetitular de una pasión
Este libro es de un sueño cumplido que la realidad puso en su debido lugar tras 120 partidos mundialistas en once Copas del Mundo.
Hablo de la pasión del futbol con vida; de terquedad por amar algo que no te corresponde; de la frustración, la soledad y la esperanza de que algo debería cambiar; de crecer, de aceptar los límites y de comprender que hay sueños que cambian de forma, pero no de intensidad. Es la confesión de un niño, HOY adulto, que nunca debutó profesionalmente, pero encontró cada 4 años} un Mundial para reconciliarse con la vida y el futbol. Al final, la pregunta es clara: ¿Por qué nace una pasión? Y quizá la respuesta sería levantar una Copa del Mundo, esa copa del mundo que cada quien tiene en su corazón.
eloncetitular de una pasión
Capítulo 1
INTRODUCCIÓN
Desde pequeño, siempre tuve el sueño de convertirme en un jugador profesional de fútbol, algo completamente normal en la infancia de muchos. Sin embargo, me llevó tiempo enfrentar la realidad. A los 22 años descubrí que mi camino hacia el profesionalismo estaba bloqueado por pies planos, un tobillo izquierdo deshecho y numerosas adversidades. Aceptar esta verdad me llevó a reflexionar sobre la gran brecha que existe entre un jugador profesional y un aficionado.
El jugador profesional experimenta la dicha de saborear el amor por el balón cuando este se encuentra en el fondo de la red, abrazado por la admiración de la afición. En cambio, el aficionado encuentra su propia forma de amor al expresar su apasionada devoción con cada grito de «¡gol, gol... gooooooool!».
Tras mi desilusión, opté por lo que consideré la opción más fácil: seguir el fútbol desde las gradas de los estadios mundialistas. Gracias al incondicional apoyo de mi familia, alcancé la increíble marca de más de cien partidos presenciados en vivo. En mi búsqueda de la emoción futbolística, recorrí miles de kilómetros en automóvil, camión, avión, tren y algunas millas náuticas en Beetle.
Estos viajes han resultado en innumerables anécdotas, antes y después de cada apasionante partido. Compartir mil consejos y muchos partidos no es tarea fácil, especialmente cuando estos encuentros se han desplegado a lo largo de ONCE MUNDIALES.
Esta es una historia genuina de amor, terquedad, tristeza, pasión, sombras, fortaleza, desesperación, depresión, egoísmo, soledad, fanatismo, realidad, derroche, frustración, alegría, trabajo, ignorancia, miedo, voluntad y satisfacción. Todo se sintetiza en una única pregunta sin respuesta a lo largo de los años: ¿por qué nace una pasión?
A lo largo de años y mundiales, partido tras partido, me di cuenta de que la verdadera magia reside en las maravillas que rodearon mi vida durante todo ese tiempo, ya sean experiencias buenas o malas, y, sobre todo, el amor por la vida con el fútbol.
Desde mi perspectiva, creo que es difícil para los jóvenes fanáticos del fútbol comprender el significado de estas palabras. Probablemente, solo cuando sean adultos podrán entenderlo. Quizás mi hijo lo haga algún día, impulsado por el amor incondicional que tiene a su padre. Esta es la historia de amor de un jugador de fútbol que nunca vivió el juego como hubiera deseado: jugar un partido profesional representando a México o Francia en un mundial y debutar con sus amadas Chivas del Guadalajara.
Capítulo 2
PRÓLOGO
Por Gustavo Marcovich
¿Cómo y por qué nace una pasión? La pregunta le sirve a Daniel Vinay como premisa para explicar, narrar y compartir su largo periplo como espectador/aficionado/viajero por más de cien partidos disputados en Copas del Mundo, desde 1970 hasta 2022. Un turismo futbolero que lo ha llevado de México a Italia, Estados Unidos, Corea, Japón, Alemania, Sudáfrica, Brasil, Rusia y Qatar. Redonda la pelota como el mundo.
Pocos afortunados pueden constatar los cambios que ha sufrido el fútbol en directo, desde el estadio. No solo el juego en sí; también los espectadores, los estadios, las reglas y hasta los implementos deportivos. También su mirada y su sentir han cambiado. Antes, por ejemplo, el estadio era una especie de templo aislado del exterior. La mirada de los miles de aficionados se concentraba en algún punto de la cancha; si acaso, algunos seguían los pormenores asistidos por una radio portátil. Ahora, los celulares perturban la necesaria concentración para disfrutar a plenitud del partido y de lo que acontece en la tribuna. Ahora, ya no es necesario esperar a que acabe la contienda para salir a la calle a compartir lo acontecido. Ahora todo es inmediato y la épica se diluye. «Todo cambio es bueno», afirman los progresistas y, en especial, los suplentes.
El autor, oriundo de Puebla, escogió a las Chivas del Guadalajara como su equipo a seguir, con una pasión inmensa por encima del equipo local. Su pasión por jugar fútbol y su truncado deseo de llegar a profesional a causa de las lesiones lo hicieron volcarse al periodismo y, ahora, a plasmar todas sus vivencias en este libro.
Tuvo que dejar el sueño de jugar algún partido oficial, pero no cambió de pasión. Porque, si para Félix Fernández «lo peor del fútbol es tener que dejarlo», Johan Cruyff sentencia que «uno nunca deja de ser jugador». Este entusiasmo lo ha llevado a recorrer medio planeta en pos de satisfacer su insaciable deseo por llenarse de fútbol. Un viaje ritual que se da cada cuatro años, en paquetes o cuantos cuatrienales.
La pasión es una emoción intensa que se asocia al sufrimiento. Y sí: ser aficionado a la selección de México implica sufrir intensamente. Este padecer que, a veces, es roto como un maleficio por algún triunfo que hace que todo valga la pena. Peor que perder es perder y no sentir nada; eso es estar perdido. «Amor por la camiseta», le dicen; amor que se comparte con una innumerable cantidad de compatriotas anónimos que se vuelven compañeros entrañables de esta pasión.
En el libro, Daniel nos cuenta a través de anécdotas cómo se fue incrustando la pasión por este juego en su vida. La respuesta al «¿por qué?» tal vez no exista. Lo que importa es que no hay límite que lo detenga, que hace lo que sea por viajar a otro Mundial cosechando sensaciones, esencia e intensidades; que así pasa contento por la vida. El gran valor de este libro, testimonio de primera mano, es el exorcismo de esta pasión.
Capítulo 3
LOS AÑOS MARAVILLOSOS (MÉXICO 1970)
El fútbol puede ser muy cruel,
pero siempre adorable cuando te apasiona.
Daniel Boom
La Copa del Mundo de México se convirtió en una oportunidad para compartir momentos especiales en familia. Era el espectáculo perfecto para establecer una comunicación indirecta con mi padre, don Sergio Ramon Otto Vinay Ollivier, mi hermano mayor y el Monito (mi tío Juan). El fútbol, además de ser un deporte con distintos niveles, se revela como un espectáculo con diferentes dimensiones.
En esa época, la ciudad de Puebla albergaba uno de los estadios más modernos y hermosos de la República: el Cuauhtémoc. También contaba con uno de los equipos más icónicos del fútbol mexicano, la Franja del Puebla, que se encontraba en la segunda división. Con el paso de los años, este magnífico estadio se transformó en una fachada de canasta básica del mercado Gigante, mientras que el Puebla se desvaneció como una franquicia llamada Curtidores.
Pelota, color, pasión y afición se congregaban cada fin de semana para iluminar los hogares desde hace décadas. Una gran parte de la población se reunía en estadios o en salas de casas particulares para seguir a equipos como el Atlante, el América o el campeonísimo Guadalajara (Chivas). Eran tiempos en los que los Pumas de la Universidad de México, junto con la Máquina del Cruz Azul, empezaban a forjar su historia.
Equipos como el Barcelona o el Real Madrid solo existían en los pensamientos añorados de aquellas familias con raíces en la Madre Patria.
(Foto 1)
Estos eventos deportivos unían a padres e hijos en torno a un interés común y despertaban el genuino interés de los jóvenes por la práctica del fútbol, algo que fue ampliamente percibido como un gran logro en un país como México.
Sin embargo, el Mundial fue algo diferente; representaba un nivel de expectación extraordinario, distante de cualquier otra pasión deportiva. Quizás no solo por la emoción contenida, sino por la multitud de personas que estaban atentas a un único evento deportivo. Apenas dos años atrás, la Ciudad de México se había convertido en el epicentro del mundo como sede de los Juegos Olímpicos de 1968, lo que había impulsado el entusiasmo de la gente por presenciar eventos deportivos a niveles sin precedentes.
No obstante, los Juegos Olímpicos eran una amalgama de eventos deportivos superpuestos entre fechas y escenarios, nublados por expresiones estudiantiles de igualdad y libertad que surgían en todo el mundo. Estos movimientos, con el paso de los años, se convirtieron simplemente en una frustración, recordando la manipulación mediática por parte de los gobiernos federales que no llevaron a ninguna parte y que con el tiempo serían olvidados. Los líderes de esos movimientos, en su juventud, destacarían más tarde como políticos, reprendiendo los mismos movimientos que una vez apoyaron esta ideología.
La mayoría de los deportes de los Juegos Olímpicos en México estaban alejados de la vida cotidiana de los cientos de miles de espectadores mexicanos que los seguían a través de la radio y la televisión. Es muy probable que la gente se sorprendiera al descubrir la existencia de deportes que estaban presenciando a través de los medios de comunicación.
El fútbol, por el contrario, integraba a toda una nación alrededor de un mismo escenario, marcando un objetivo simple pero determinante: el «gol». Las diferentes clases sociales nunca estuvieron tan cercanas ni tan unidas; personas de todos los estratos compartían el mismo interés: esperar que la selección mexicana alcanzara las posiciones más altas del torneo y presenciar a los verdaderos líderes del arte del balompié mundial desplegarse en la cancha del Estadio Azteca en la anhelada final. Todos sabían que, si el deporte y la vida fueran justos, había un equipo que merecía más que cualquier otro colocarse al frente de todos y disputar la final del Mundial.
Brasil, en ese momento con solo dos copas del mundo obtenidas en Suecia 1958 y en Chile 1962, llegaba en un estupendo estado de forma para competir por el título de campeón. Pero no solo eso: la gran figura del torneo, Edson Arantes do Nascimento, mejor conocido como el Rey Pelé, estaba viviendo su cuarta y última aventura mundialista.
La pregunta que rondaba en el ambiente nacional e internacional era si la estrella brasileña, Pelé, lograría la hazaña de convertirse en tricampeón del mundo en su última participación en un Mundial. La gran masa de espectadores mexicanos seguía con entusiasmo los movimientos de la selección verdeamarela, mientras que su selección mexicana se veía limitada en términos de competencia. En aquellos tiempos, la televisión no había avanzado tanto en el arte de la mercadotecnia.
Antes de los cinco años, era lógico que el fútbol para mí no era una pasión ni una actividad de importancia sustancial, ni siquiera un deporte con reglas que seguir. En lugar de eso, el fútbol significaba un juego al que mucha gente se dedicaba con relativa moda, destinándole tiempo y recursos según sus posibilidades, ya que formar una familia era lo fundamental. Sin embargo, como ocurre con todas las cosas a las que otorgamos importancia en la vida, existen catalizadores que aceleran sentimientos y nos introducen en la órbita de su dinámica.
El Mundial de México 1970 fue para mí, como para mi hermano mayor, así como para toda una generación de mexicanos nacidos entre 1960 y 1970, la génesis de una pasión por el fútbol que trascendía la simple contemplación o el interés por un juego, como sucedía con muchos otros.
El Mundial de México 70 no llegó de manera fortuita para iluminar ojos e invadir oídos. Como todo en la vida, es el resultado de una oportunidad que se presenta a la persona indicada, quien decide no dejarla pasar. Mi padre, antiguo seguidor del equipo Marte de la Ciudad de México en los años 50, donde vivió hasta sus veinte años, había desarrollado un legítimo interés empresarial en vincularlo con un deporte llamado fútbol, que abrazaba a un país con sed de triunfos como hasta hoy. El Mundial representaba en él las características propias de una actividad que fomentaba la sana convivencia y la constante afirmación de la aceptación de México por el mundo.
No obstante, la semilla del interés por el fútbol ya estaba sembrada, arraigada en el deseo familiar de sentirse cercanos al deporte. En lugar de perder fuerza, el espíritu deportivo ganaba impulso año tras año. Lo que comenzó como una simple distracción pronto evolucionó hacia horizontes de una pasión más profunda.
Cuando mi padre se enteró de que el Mundial de fútbol se celebraría en casa, comprendió que debía involucrar a sus hijos en ese evento peculiar que muy pocas naciones en el continente tenían el privilegio de organizar. Estamos hablando, sin lugar a dudas, de la cumbre de las competiciones deportivas en la historia, junto con los Juegos Olímpicos, que también se llevaron a cabo en México tan solo dos años atrás.
PARTIDO #1 (BOLETO)
Puebla, Estadio Cuauhtémoc
Uruguay 2-0 Israel (2 de junio de 1970)
El primer partido al que asistí: un curioso encuentro entre Uruguay e Israel. Los recuerdos difusos sobre este evento impiden reconstruir de manera lógica y relevante los detalles de un partido mundialista que den motivo a reflexiones concretas. De todas formas, no fue un encuentro de gran espectáculo; más bien, resultó ser para mí un episodio medianamente aburrido en la Copa del Mundo. La realidad es que no muchos esperaban que Uruguay e Israel pudieran brindar al público imágenes inolvidables; era simplemente un partido más del torneo, pero con la etiqueta mundialista.
Mi padre había asistido a la inauguración del Mundial, en un partido para el olvido (México 0-0 URSS), junto a mi hermano mayor. También logró conseguir boletos para asistir a uno de los partidos más relevantes de la fase de grupos, en el cual se enfrentarían la selección brasileña y el entonces campeón del mundo: Inglaterra. Dos grandes selecciones, candidatas naturales a disputar el título de campeón, se verían las caras en la Perla Tapatía, Guadalajara, capital del estado de Jalisco. Este era un lugar donde la pasión por el fútbol no solo era sólida, sino que se extendía cada día más, sobre todo después de haber sido designada como sede mundialista.
Como ya se sabía, el Rey Pelé había logrado ser campeón del mundo en dos ocasiones; sorprendentemente, la primera de ellas a la edad de diecisiete años. La pregunta que flotaba en el ámbito nacional e internacional era si la estrella brasileña lograría la hazaña de convertirse en tricampeón del mundo en el que él mismo anunciaba como su último torneo. Sin duda, esta sería una de las características que lo consolidarían —como de hecho ocurrió— como uno de los grandes futbolistas en la historia del fútbol y, en general, en la historia del deporte.
La apasionada multitud de espectadores mexicanos seguía con entusiasmo los movimientos de la selección verdeamarela, que proponía un estilo de fútbol diferente al de la mayoría de las escuadras participantes en la competición. La potencia física de los jugadores se alineaba con el estereotipo del atleta brasileño: rápidos, resistentes y con una gran potencia explosiva. Sin embargo, destacaban no solo por su fuerza física, sino también por un manejo único del esférico, razón por la cual Brasil siempre sería recordado. Todo esto se fusionaba en una armonía futbolística que convertía su juego en algo estético y sumamente atractivo para los asistentes a la cita mundialista.
En esa época, los estilos de juego de los equipos estaban menos «globalizados», por así decirlo. Esto significa que la manera en que se presentaba una forma de juego estaba estrechamente vinculada a la personalidad de los equipos y a su identidad cultural regional. Cada país exhibía su propia forma de jugar y entender el fútbol. A diferencia de hoy en día, los clubes europeos no dependían tanto de una gran cantidad de jugadores extranjeros para reforzar sus esquemas tácticos o mantener el dominio del balón. En ese entonces, cada selección tenía una manera específica de plantear una ofensiva y contrarrestar las amenazas a través de una defensa particular.
El fútbol brasileño se presentaba entonces como una maravilla nacional, exhibida al mundo desde el escenario mexicano, en un momento en el que un destacado conjunto de jugadores alcanzaba su mejor rendimiento y desplegaba un juego de clase mundial. Se trataba de un fútbol fluido, vistoso y atractivo, que fundamentaba la supremacía del equipo sudamericano en desbordes, cambios de ritmo y precisión en los largos pases para cambiar el curso del juego. Estos elementos revitalizaban constantemente la ofensiva, manteniendo iluminada la mirada del espectador en cada ataque.
El arquitecto de esta configuración fue uno de los técnicos más recordados en la historia de la selección brasileña, Mário Zagallo, quien ya había conquistado las copas del mundo correspondientes a Chile 62 y Suecia 58 junto con su equipo. A pesar de tener solo treinta y ocho años, fue considerado un excelente reemplazo para João Saldanha, el anterior entrenador de la escuadra brasileña. Saldanha generó gran polémica al no convocar a Pelé, bajo el argumento de que estaba incapacitado por una leve lesión. Una de las primeras acciones de Zagallo al asumir el cargo de director técnico fue incorporar a Pelé como titular indiscutible, con lo que restituyó al astro brasileño a la alineación inicial.
El espíritu del fútbol latinoamericano, al menos desde la perspectiva mexicana, centraba sus esperanzas en que Brasil mostrara su mejor versión. Sin embargo, el pasado reciente arrojaba una sombra. Cuatro años atrás, parecía que todo marcharía de maravilla después de la victoria por 2-0 contra Bulgaria en el partido inaugural. No obstante, las grandes expectativas de un futuro tricampeonato se desvanecieron de golpe tras el Mundial de Inglaterra 1966, especialmente luego de contundentes derrotas, entre las que destacó el 3-1 ante Portugal en el tercer partido de la fase de grupos. Este resultado llevó a que Brasil no avanzara a la siguiente ronda del certamen inglés.
Con el gran adversario ya eliminado, los equipos europeos desplegaron su fútbol y en la final se enfrentaron los conjuntos más sólidos del Viejo Continente: Inglaterra y Alemania. Al final, los ingleses se alzaron con la ansiada Copa del Mundo. Sin embargo, la suerte en el Mundial de México 1970 sería diferente. Las selecciones europeas se vieron desafiadas a demostrar que podían destacar fuera de su continente. Brasil, por su parte, recuperó la fuerza que lo llevaría nuevamente a disputar la final de la Copa del Mundo.
PARTIDO #2 (BOLETO)
Guadalajara, Estadio Jalisco
Brasil 1-0 Inglaterra (7 de junio de 1970)
La cita tuvo lugar en la Perla Tapatía. Mi padre había logrado conseguir cinco entradas para ese emocionante partido. Puebla, una ciudad en desarrollo industrial automotriz, se encontraba a dos horas de la Ciudad de México, mientras que el trayecto a Guadalajara, si todo salía sin inconvenientes, podía llevar hasta diez horas por carretera. Aunque el problema del desplazamiento no estaba directamente vinculado con el tráfico citadino, sí estaba relacionado con la necesidad de mejorar la infraestructura carretera.
(Foto 2)
Sin embargo, mi familia estaba acostumbrada a realizar visitas a Guadalajara con relativa regularidad debido a las raíces familiares de mi madre, el gran estandarte de mi familia, nacida en Jalisco y ferviente devota de la Virgen de San Juan de los Lagos. Año tras año, desde 1960, la habíamos visitado en conjunto. Tanto viajes relámpago como travesías más prolongadas salpicaban mis primeros recuerdos, por lo que recorrer la distancia de setecientos kilómetros de urbe a urbe solo para presenciar un partido de fútbol no representaba realmente un problema para nosotros.
Y es que había un excelente incentivo: ¿cuántas oportunidades más tendría de presenciar el juego de quien era considerado —casi sin discusión— el jugador más destacado del fútbol en ese momento y, posiblemente, el mejor exponente de dicha disciplina en toda su historia? Ver a Pelé era casi como contemplar un fenómeno extraordinario, a un ser «mitad hombre, mitad rey del fútbol». No se trataba simplemente de un gran jugador; la prensa seguía cada uno de sus movimientos como si en cualquier momento fuera a transformarse en algo más.
El 6 de junio de 1970, a las 14:00 horas, abordamos un «vocho» (Beetle) de color rojo intenso del año 1968. Mi padre, el tío Juan, mi hermano mayor y el recién nacido Ricardo emprendieron el camino por la relativamente nueva autopista México-Puebla, enfrentándose así a un desafío.
O Rei Pelé no trajo buenos momentos de inicio. Exactamente al salir de Puebla, frente a la planta automotriz alemana VW —donde inexplicablemente se estaban realizando trabajos de mantenimiento del pavimento en un Mundial donde México debería presumir sus nuevas y modernas infraestructuras carreteras—, la grava estaba suelta. Mi padre conducía siempre con exagerada precaución y bajó la velocidad tras las señales de advertencia de trabajos. Sin embargo, como en todas partes del mundo existe el clásico inadaptado que las corrompe y nunca bajó su velocidad; era un Mónaco azul de la Chrysler y sucedió: levantó piedras que fueron a impactar al «vocho» rojo. El parabrisas se reventó y varios pedazos cayeron dentro del coche. En esos años, los cinturones de seguridad estaban solamente para estorbar; la cultura de seguridad no era de acciones, sino únicamente de precauciones del conductor. Mi hermano recién nacido iba en la parte delantera entre ambos adultos. El daño estaba hecho: algunos cortes en la cara y manos de ambos adultos fue el saldo de esas piedras. ¿Por qué las manos? Porque fueron las manos las que protegieron sus caras y al recién nacido.
Continuar con el viaje resultaba imposible; sin embargo, también era imposible renunciar a la historia. Regresamos a casa, ubicada en la calle Huamantla 33, Col. La Paz. Compartieron la anécdota que estuvo a punto de convertirse en tragedia, y esta se volvía inolvidable. La dueña de la casa, mi madre, doña Elodia, por supuesto, no apreciaba en absoluto la anécdota. Para ella, ese viaje a Guadalajara ya había concluido.
Mi padre miró fijamente a los ojos del tío Juan, tratando de convencer a la líder de la casa. Lograr un nuevo permiso resultaba imposible; era un rotundo... ¡no! Ya se habían perdido casi cuatro horas después del incidente, y el viaje ahora sería más prolongado y, lo peor, por la noche. No me pregunten qué pasó: pareciera que me hubiera dormido toda la noche y, al despertar, me encontraba al lado del espectacular Estadio Jalisco. Mi recuerdo se limita a ver gente a su alrededor caminando. Lo que más me impresionó fue la popular venta de artículos apócrifos que se ofrecían fuera del estadio: balones de todo tipo, banderines de Juanito 70, camisetas de Brasil con un toque mexicano, fotos de Pelé, banderas inglesas que ya portaban los famosos... ¿hooligans? Eran como un puñado de jóvenes a los que solo les faltaba unas cuantas cervezas más para desatar al verdadero fanático bandolero, hoy extinguido desde los años ochenta, pero que sigue apareciendo ocasionalmente en eventos de importancia (por desgracia, esto también se globalizó).
Sin embargo, lo que más me gustó fue un balón pequeño, de unos ocho centímetros de diámetro, de color crema con líneas rojas, que capturaba perfectamente la esencia futbolística de esa época y que me compró mi padre. Lógicamente, estaba hecho de plástico y llevaba el logo de México 70. Fue lo más maravilloso de ese Mundial. No importaba haber entrado con más de sesenta y seis mil espectadores ni que a mi familia nos tocara el último asiento, casi, casi tocando el cielo. La verdad es que casi, casi alcanzábamos el techo del estadio. Incluso, mi recuerdo era que, desde su lugar, mirando hacia la calle, veía el puesto donde mi padre me compró el balón de plástico. Ni siquiera me entusiasmó tanto ver la parada más espectacular de todos los mundiales.


